El 30 de noviembre despertamos con la tragedia en forma de necrológica, Paul Walker, un carismático actor cuyo motor profesional olía a asfalto, se encontró con la muerte. Un vehículo, compañero inseparable de rodaje, que traicionó su destino y dejo una familia, más grande incluso que la de sangre, en señal de luto. Un legado cinematográfico, que no nos engañemos, no es “oscarizable” pero cuenta con títulos más que rescatables y una saga de éxito mundial. Un actor, que sin ser una gloria, exudaba inteligencia emocional y contaba con todas las simpatías. Por lo que a este blog respecta, nuestro más sincero pésame, y el repaso a dos de sus obras en forma de humilde homenaje. Descansa en paz.





