La producción de Stockholm es una bofetada al soñador que busca consuelo en sus proyectos frustrados en base a la insuficiencia económica, y con la mejilla aún entumecida insufla a la vez moral viendo un proyecto fructificar con tan buena calidad y tan pocos medios. Valen aquí los tópicos de ilusión y ganas como los (casi) únicos motores necesarios. Sorogoyen pone su casa al servicio del rodaje y la financiación en manos del crowdfunding, sesenta mil euros en total contando con un equipo a expensas de lo recaudado y un sofá que fue plató, lugar de reunión y butaca para las primeras muestras.





